El no reconocer haber creado la agencia de noticias más grande del planeta sería una de las principales amenazas a la continuidad de Facebook. Eso es lo que se argumenta en un artículo del periódico The New York Times, en el que se enumeran distintos sucesos marcados por el odio racial alrededor del mundo, con los que la plataforma social ha sido asociada.

Mención especial merece el caso de Amith Weerasinghe, un extremista de Sri Lanka que usó a Facebook "para propagar paranoia y odio sobre la minoría musulmana" de ese país. A pesar de las advertencias de activistas y oficiales para que se intervenga, nada se hizo hasta que un hombre murió en una de las revueltas que el propio Weerasinghe incitó.

El extremista de Myanmar, Ashin Wirathu, también usó a Facebook para lograr que se viralicen distintos engaños que llevaron a disturbios masivos y a episodios de violencia desmedida sobre la minoría Rohingya. La demorada censura implementada por Apple, YouTube, Spotify y Facebook sobre el presentador de radio y teórico de la conspiración norteamericano Alex Jones es un recordatorio de que el flagelo que está teniendo lugar en países en desarrollo hace años, hoy afecta tanto a la creación de Zuckerberg como a otros gigantes de Silicon Valley, en el país más poderoso del mundo. 

El Times destaca que el problema de Facebook va mucho más allá de los extremistas a los que se les deja, hasta último momento, inyectar su veneno a las sociedades. Los algoritmos que manipulan lo que se conoce como el "news feed", o la página de actualización de noticias, es la "base del negocio de la compañía" y expertos citados por el periódico aseguran que la red social "no logra ver sus repercusiones reales".

Las consecuencias más oscuras de la masificación de la red social recién ahora se están comenzando a identificar, sobre todo en países periféricos en los que Facebook crece a pasos agigantados y donde esta plataforma toma el rol de los medios de comunicación tradicionales, con el peligro que esto implica.

Entre las amenazas concretadas que se han comenzado a esparcir a lo largo del mundo, el NYT destaca la desinformación que distorsiona la realidad, el extremismo que detona los impulsos más sombríos de las personas y lleva a polarizar el mundo de la política, además del acceso casi ilimitado que poseen actores malintencionados a la plataforma de comunicación más sofisticada jamás vista por el hombre.

Las nuevas políticas anunciadas por el gigante de las redes para restringir discursos que puedan llevar al odio, en las que se hizo referencia a "un tipo de desinformación que es compartida en ciertos países", parecen haber llegado un poco tarde y se presentan como un tibio intento de recomponer la dañada imagen de la firma de Menlo Park, tras el estallido del escándalo de filtración de datos de la consultora británica Cambridge Analytica.

Al parecer, el odio y la intolerancia ya no necesitan de un terreno donde predominan las instituciones débiles, el analfabetismo y la violencia racial, para poder propagarse y causar estragos. Países ricos y desarrollados como los EEUU ya están sufriendo los efectos de su creación, en carne propia.

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